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La Palabra
ALGUNAS CURIOSIDADES DEL IDIOMA CASTELLANO
Alexis Márquez Rodríguez
Por regla general, la gente piensa que el idioma es un sistema perfecto, basado
en una lógica elemental, que pauta que las cosas se digan de una manera
determinada, y no de otra. Muchas personas, posiblemente la mayoría, se
muestran muy conservadoras en materia de lenguaje, aunque no lo sean en otros
campos de la cultura y de la vida, en los cuales hasta pueden ser sinceramente
revolucionarios. Ese sentido conservador los lleva a creer que el idioma es rígido,
en cierto modo petrificado, no sujeto a cambios ni alteraciones. De ahí que les
choque el uso de palabras nuevas, o de nuevos giros idiomáticos, distintos, y
hasta supuestamente extraños o contrarios a aquellos a los que están
acostumbrados. A esta legión pertenecen también los llamados puristas,
que parten de la supuesta existencia de un modelo clásico de la lengua, que
todos deben respetar y acatar sin salirse ni un milímetro de ese esquema modélico,
para de ese modo conservar el idioma propio en su pureza original.
La vida nos enseña que no es así. El idioma tiene, en efecto, una base lógica,
la misma que rige el pensamiento racional, y cuyo esquema fundamental es la
conocida estructura sujeto/predicado propia de la frase u oración, como
lo es también de las construcciones elementales del razonamiento. Pero, sin que
se niegue o contradiga ese principio esencial del lenguaje, en el uso cotidiano
de este se dan muchos casos en que aquella lógica se rompe, los esquemas
básicos se alteran, y, sin embargo, en nada se afecta la doble función
esencial del lenguaje, como es expresar, o sea, exteriorizar sentimientos e
ideas, y comunicarse unas personas con otras.
Tampoco es cierto que exista ese modelo ideal de la lengua, cuya pureza debe
preservarse a todo trance. Esto es particularmente notorio en un idioma como el
Castellano, que por ser la lengua materna de una gran diversidad de pueblos y
naciones, desparramados en más de un continente, es inevitable que se use
de muy diversas maneras, pero siendo el mismo en todos los casos. El Castellano
es el idioma propio de más de treinta pueblos o naciones, entre los que forman
la parte hispánica del continente americano y las diversas comunidades
nacionales y regionales que integran el Estado español, amén de algunas
comunidades o agrupaciones situadas en otros lugares del mundo, la más
numerosa residente en Estados Unidos, donde millones de habitantes tienen el
Castellano como su lengua materna. Y
si es así, ¿cuál es el modelo que debe seguir tanta gente al hablar o
escribir en su idioma? Podría responderse que ese modelo es el Castellano que
se habla en España. Pero entonces cabría preguntar de nuevo en cuál región
de España: ¿en Madrid, donde dicen Madrís, voy a por vino o luogo
en vez de luego? ¿O en Andalucía, donde pronuncian sordao,
barcón y mardita sea tu arma, aunque saben, y así lo hacen, que se
escribe con ³l²? ¿O en Aragón, donde se dice, por ejemplo, marito en
lugar de marido, y se construye pa yo, en lugar de para mi,
y a tu en vez de a ti?
Tampoco puede tenerse como modelo ninguna de las formas del habla castellana de
América, pues habría que escoger cuál sería entre modalidades muy diversas,
con importantes diferencias entre ellas, tanto fonéticas como lexicales,
pues el Castellano tiene en cada uno de nuestros países rasgos característicos
distintos de los que corresponden a los demás. No hay, pues, un modelo
común que deba seguirse, y cuya pureza deba preservarse, que determine
cuándo y dónde se habla bien o se habla mal el Castellano.
La ruptura de la lógica gramatical en la lengua común es más frecuente de lo
que se cree. Don Andrés Bello, que en esto era muy sabio, en el Prólogo a su Gramática
dice lo siguiente: ³En el lenguaje lo convencional y arbitrario abraza mucho más
de lo que comúnmente se piensa².
En la estructura misma del Castellano, que en su mayor parte, por no decir que
en su totalidad, nos viene como preciosa herencia del Latín, están ya
presentes numerosos rasgos, igualmente heredados en su mayoría, en que no
se cumplen las normas elementales de la lógica formal, lo cual, por cierto,
genera problemas lingüísticos de suma importancia. Un ejemplo de esto lo
hallamos en las llamadas irregularidades, sobre todo las del verbo. Desde
su infancia, el hispanohablante tropieza con rarezas y dificultades, como que el
participio pasivo del verbo decir sea dicho, y no decido,
lo cual se complica aún más cuando se sabe que los verbos bendecir y maldecir,
que son compuestos de decir, cuyo modelo siguen en la conjugación,
tienen cada uno dos formas de participio, una regular y otra irregular: bendito
y bendecido, maldito y maldecido. Y es necesario saber cuándo
se emplea una forma y cuándo la otra. Pero, además, esto induce a preguntarnos
por qué no se dice bendicho y maldicho en vez de bendito y
maldito, que se supone sería lo lógico. Para que no se queden con la
duda, diré que por regla general bendecido y maldecido se emplean
en la formación de los tiempos compuestos: ³lo ha bendecido la fortuna²,
³lo ha maldecido una bruja², y bendito y maldito cuando
se usan como adjetivos: ³agua bendita², ³libro maldito².
Lo mismo hallamos en el verbo romper, cuyo participio debería ser rompido,
pero es roto. Sin embargo, corromper, que es compuesto de romper,
tiene dos participios, uno regular, corrompido, y otro irregular, corrupto,
este último formado con ruptus, que es la raíz latina del castellano roto.
Algo parecido ocurre con el verbo imprimir, que tiene también dos
participios pasivos: imprimido, que es regular, e impreso, que es
irregular, y ambos se usan en diferentes casos, lo cual hay que tener en
cuenta cuando se vayan a emplear.
En otro orden de ideas, siempre me ha llamado la atención que, en nuestro
idioma, todos los nombres de vehículos o medios de transporte, de género
masculino, den derivados de género femenino: carro / carreta; avión /
avioneta; bus / buseta; patín / patineta; camión / camioneta; vagón /
vagoneta; furgón / furgoneta; biciclo / bicicletaŠ Y aunque no es
propiamente un medio de transporte, podría asimilarse al caso la derivación chanclo,
chancleta. La lógica pareciera indicarnos que si el nombre de un vehículo
o medio de transporte es masculino, masculinos deberían ser también los
derivados del mismo.
Interesante es también el caso de un vocablo que tenga dos definiciones, contrarias
entre sí. Tal ocurre con el vocablo huésped, que figura en el DRAE, en
su primera acepción como la ³Persona alojada en casa ajena², y en la cuarta
acepción como ³Persona que aloja en su casa a otra². Con lo que se da la
curiosa paradoja de que dos individuos, el dueño de una casa y el extraño que
se aloja en ella, sean recíprocamente huésped el uno del otro.
Una vez un lector de mi columna Con la lengua me preguntaba por qué a
los profesionales de la Farmacia se les llama farmacéuticos, si a los
profesionales del periodismo no se les llama periodísticos. Otro quería
saber por qué el sustantivo hombre, empleado genéricamente designa hombre
y mujer, mientras que el sustantivo mujer no se comporta en ningún
caso de la misma manera. Y no creo que este último fenómeno pueda tener
como explicación el simplismo de decir que la gramática es machista.
Es bien sabido que en Castellano se usa mucho el diminutivo, que posee una gran
expresividad. Se supone que el diminutivo es un vocablo que disminuye el
significado de otro del cual deriva: cosita es menos que cosa; perrito
es menos que perro; ojitos es menos que ojos. Lo curioso es
que, en algunos casos, el diminutivo no disminuye el significado de la
palabra primitiva, sino que mas bien lo aumenta. En efecto, si decimos ³Está clarito²,
damos a entender que está más claro, y no menos claro. Y apuradito
es más que apurado, y tempranito más que temprano. Hasta
puede darse una gradación en cuanto a la dimensión de lo que se expresa, de
modo que a más diminutivo, mayor grado de significación. Obsérvese, por
ejemplo, la diferencia entre los adverbios cerca, cerquita y
cerquitica. O entre ahora, ahorita y ahoritica. O entre chico,
chiquito, chiquitico y chirriquitico.
Esta no es sino una ínfima muestra de algo que es muy común en nuestro idioma.
Ahora bien, no se crea que todo eso es meramente caprichoso o arbitrario. Son
curiosidades lingüísticas, por llamarlas de algún modo, pero todas tienen una
explicación, en muchos casos demasiado técnica y compleja para quienes son
ajenos a las ciencias del lenguaje. Y en todo caso, tales fenómenos deben
atribuirse al extraordinario dinamismo y vivacidad del Castellano, uno de
los idiomas modernos más flexibles, versátiles y vigorosos que existen
hoy día. Lo cual lo hace también uno de los más difíciles de aprender, tanto
para las personas de lengua materna extranjera, como para los propios
hispanohablantes.
Caracas, 23 de junio de 2003
(Ponencia leída
en la sesión especial celebrada por la Academia Venezolana de la Lengua el 23
de junio de 2003, en la Sala ³E² de la Universidad Central de Venezuela, por
invitación de la Escuela de Idiomas Modernos).
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