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La Palabra

DISIDENCIA

La lengua es, de por sí, muy viva, muy dinámica, pues como se la usa constantemente, se va adaptando a los cambios que en la vida de las personas y   la sociedad se van produciendo. Esto ocurre siempre, pero hay momentos en que ciertas  actividades se aceleran, y por eso el lenguaje que se relaciona con ellas  también se acelera en su evolución. Hay, además, actividades que de hecho influyen más que otras en los cambios y en la vivacidad de la lengua. Una de ellas es la política. Por regla general la política es también sumamente dinámica, aunque lo es unas veces más que otras. Y como la política tiene en el lenguaje su principal soporte, es natural que ella influya mucho más que cualesquiera otros factores en el desarrollo del idioma.
Desafortunadamente los políticos, por regla general, son unos redomados ignorantes del idioma que se supone hablan. Con las excepciones de rigor, por supuesto, tanto más honrosas cuanto escasas. Tal ignorancia suele ir acompañada de una actitud arrogante, que hace suponer a los políticos que pueden emplear el idioma como a bien lo tengan, por lo que la política es también una fuente, quizás la mayor, de disparates en materia de lenguaje. Y cuando hablo de políticos no me refiero sólo a los que pudieran ser calificados de profesionales, que, por cierto, poco suelen disimular su condición de aficionados, sino también a los que pertenecen a otras áreas del quehacer, pero se meten en política como si esta fuese terreno realengo donde cualquiera puede meterse. No hay nada peor que un psiquiatra, un jurista, un cura o un militar ­por mencionar sólo cuatro de las muchas posibilidades­ metidos a políticos. Y no sólo por los disparates que dicen, sino también por los que hacen.
Todo esto viene a cuento a propósito de una consulta que una amable y bella amiga, ex alumna y lectora me hace sobre las palabras disidencia y oposición. Ella, que además es mujer inteligente y culta, se muestra confundida por lo que cree que es una mala utilización de esas palabras, a las cuales observa que se las usa comúnmente como sinónimos, de modo que a toda persona que muestre algún tipo de oposición a las políticas oficiales, enseguida los seguidores o partidarios del gobierno de turno le endilgan el calificativo de disidentes, dicho además con tono despectivo.  
En efecto, así ocurre, sobre todo cuando se trata de gobernantes que pretenden que todo el mundo los respalde en todo lo que hacen. Es una forma de intolerancia, que no acepta de buen grado ningún tipo de oposición a sus prácticas y designios. Pero oposición y disidencia no son lo mismo, aun cuando a veces la diferencia sea de matices.
Disidente es, por supuesto, quien ejerce algún tipo de disidencia. Y disidencia es la acción y efecto de un verbo poco conocido, por lo que rara vez se le usa y menos aún se conjuga: disidir. Este verbo se define como ³Separarse de la común doctrina, creencia o conducta² (DRAE). Este mismo diccionario, al hacer la definición de disidencia va un poco más allá, pues dice que la disidencia, además de la ³acción y efecto de disidir², consiste también en un ³Grave desacuerdo de opiniones².
Desde el punto de vista estrictamente semántico, entre el disidente y el opositor la diferencia puede llegar a ser bastante sutil, y no es de extrañar que ambos vocablos puedan confundirse. A esta confusión contribuye mucho otro verbo, con cuyo significado se tiende a relacionar la conducta del disidente: el verbo disentir, definido por el DRAE como ³No ajustarse al sentir o parecer de alguien. Disiento de tu opinión². Obsérvese que de disentir no deriva ningún vocablo de uso común que señale a quien disiente, como sí ocurre con disidente con respecto a disidir. Lógicamente el derivado equivalente de disentir sería el hipotético disentidor, pero este no se usa, y de usarse no tendría la fuerza y precisión del vocablo disidente. Por eso es que se tiende, sin darse cuenta, a identificar al disidente con el que disiente, y no con el que diside, sobre todo por lo desconocido, como ya decía,  que es este verbo, lo cual lo hace parecer raro o inexistente.
En la práctica, más allá de las definiciones de los diccionarios y de la lógica formal, la oposición es por definición permanente. Es decir, frente a un gobierno determinado la oposición es el conjunto de grupos, partidos o personas que son contrarios a aquel gobierno, y en consecuencia desaprueban sus políticas y rechazan sus decisiones, salvo que en circunstancias especiales sea aconsejable apoyar al gobierno en determinadas posiciones. La oposición puede ser más dura o menos dura, pero es permanente, sobre todo porque los oposicionistas, en particular si se trata de grupos organizados o partidos, aspiran a reemplazar al gobierno al cual se oponen. Y por regla general la oposición a un gobierno reúne a los grupos y personas contrarias a ese gobierno, no desde que este llegó a ser gobierno, sino desde antes, pues la oposición suele perfilarse de un partido a otro desde las mismas campañas electorales. De modo que no siempre puede decirse que la oposición se ha apartado o abjurado de lo que antes apoyaba.
En cambio, la disidencia, según la definición que antes vimos del verbo disidir, la practican la persona o grupos de personas que, habiendo estado de acuerdo con un gobierno o pertenecido a un partido, en un momento dado entran en desacuerdo con ese gobierno o ese partido, y en consecuencia rompen con ellos y hacen tienda aparte, o se marginan de la actividad política.
Por supuesto, es lógico pensar que las personas o grupos disidentes de un gobierno, al caer en la disidencia automáticamente entran a formar parte de la oposición, aunque de hecho no siempre es así, pues la disidencia puede desembocar, antes que en una oposición activa, en un marginamiento, como ya vimos, o en una actitud no beligerante.
Es común que la disidencia se presente en el seno de un grupo o partido, lo cual puede conducir a la fractura del grupo partidista, y los disidentes se orienten a la formación de otro. Pero no es imposible que la disidencia sea tolerada dentro del grupo o partido, lo cual suele dar a estos más vigor y presencia. La verdadera democracia pasa por tolerar las disidencias. En cambio, la pretensión de monolitismo y de unanimismo a menudo es la tumba del sistema democrático.

En todo caso, oposición y disidencia no son lo mismo. La disidencia puede conducir a la oposición, pero no siempre ocurre así.

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