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La Palabra
A
propósito del llamado conflicto del golfo Pérsico hemos oído y leído
algunos de los mayores disparates que puedan concebirse. Ello no sólo revela
en mucha gente una crasa ignorancia sobre lo que ocurre en aquella zona, además
de una lamentable incultura, pues se desconoce lo que cultural e históricamente
significa el mundo árabe, sino también una grave irresponsabilidad, que
lleva a “opinar” sobre lo que no se sabe. Lo cual se agrava si se trata de
gente vinculada a la cultura o a la política, que por ello mismo deberían
ser más cuidadosos en lo que dicen, amén de estar más obligados que otros a
informarse, a leer, a mantener un nivel de cultura por encima del que
corresponde al común de las personas. De lo contrario, mal pueden aspirar a
ser dirigentes y orientadores de la opinión pública.
Una de esas “opiniones” se refiere al “salvajismo” árabe. Y
con un dejo de desprecio, que si no fuera estúpido, resultaría más bien cómico,
se habla de aquel pueblo como de algo totalmente extraño a nosotros, que
estaríamos muy por encima de ellos. Semejante falacia comienza por ignorar cuánta
sangre árabe se integra al extraordinario mestizaje que es Hispanoamérica, y
cuánto de la antiquísima cultura árabe llega a nuestra propia cultura
navegando en esa sangre.
Nuestro mestizaje, en efecto, es un mestizaje de mestizajes. La raíz española, que se integra con la indígena y la africana para formar la más prodigiosa mezcla racial que conoce la historia, ya era mestiza antes del Descubrimiento. En ella confluyen, amén del sustrato celtíbero, corrientes latinas, germánicas, godas, visigodas, árabes, judías, y hasta algo de africanas negras. La latina, por supuesto, y la árabe son las de mayor peso. Setecientos años de dominación musulmana sobre España, aunque fuera una dominación imperfecta, enfrentada siempre a la resistencia hispana, valen mucho. Y no solo la belleza física del tipo español, sino también la de su arquitectura y su arte en general, serían hoy inconcebibles sin el poderoso ingrediente morisco. Como también sería inconcebible, sin ese ingrediente, la extraordinaria variedad de nuestro mestizaje, sea que se trate del tipo físico criollo o de nuestra cultura. Aristóteles y buena parte del resto de la filosofía griega se conocen en España, y a través de ella en la Europa medieval, por las traducciones del Griego al Arabe y del Arabe al Latín y al Castellano. Algo parecido ocurre con el saber científico y matemático del Oriente. Alfonso el Sabio, que reina en Castilla de 1.252 a 1.284, y con quien la deuda de la cultura española es gigantesca, reúne en su corte sabios árabes y judíos junto con los cristianos.
En el orden del lenguaje y de la literatura, ¿cómo hubieran existido Cervantes y el Quijote, sin los árabes? En general, toda la literatura española, y por extensión la hispanoamericana, serían muy distintas, si en el proceso de formación y desarrollo del idioma castellano, no hubiese intervenido el vigoroso elemento árabe.
Sólo en materia de vocabulario, se calcula que
en nuestro idioma hay más de cuatro mil palabras, entre primitivas y
derivadas, de origen árabe. Como era un pueblo guerrero que llega a
España en plan de conquista, es natural que muchos de esos vocablos
sean del ámbito militar. “Los moros”, dice Rafael Lapesa,
“organizaban contra los reinos cristianos expediciones anuales
llamadas aceifas, además de
incesantes correrías o algaras,
iban mandados por adalides;
los escuchas o centinelas se llamaban atalayas,
y la retaguardia del ejército, zaga.
Entre las armas figuraban el alfanje
y la adarga, los saeteros
guardaban las flechas en la aljaba;
y la cabeza del guerrero se protegía con una malla de hierro o almófar.
Fronteras y ciudades estaban defendidas por alcazabas,
con almenas para que se
resguardaran los que disparaban
desde el adarve. Novedad de los musulmanes fue acompañar sus
ataques o rebatos con el ruido del tambor,
sus trompas bélicas eran los añafiles.
La caballería mora seguía táctica distinta que la cristiana; ésta
era más firme y lenta; aquella,
más desordenada y ágil. Los alféreces
o caballeros montaban a
la jineta, con estribos
cortos, que permitían rápidas evoluciones, y espoleaban a la
cabalgadura con acicates.
Entre sus caballos ligeros o alfaraces
había muchos de color alazán;
la impedimenta era llevada por acémilas,
y en los arreos de las bestias entraban jaeces,
albardas, jáquimas y ataharres”. (“Historia de la lengua española”.
Escalicer S.A. Madrid; 1.962. Séptima edición p.97).
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